La cueva Melissani

Origen

La Cueva Melissani


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La Cueva Melissani


Según se narra en ciertos pasajes mitológicos griegos, la cueva de Melissani era el lugar donde las Ninfas,- jóvenes espíritus femeninos y sumamente hermosos encargados de proteger y embellecer la naturaleza con sus idílicos cantos y sus danzas sensuales y delicadas-, tenían en la cautiva cueva su morada y refugio divino, alejado de las miradas curiosas e indiscretas de los mortales humanos.

Las Ninfas desaparecieron, o quizás no, quién sabe, puede ser que no seamos capaces de sintonizar con dichas deidades; pero lo cierto es que su refugio divino, afortunadamente, es un bello rincón de visita obligada si se recorre Grecia, pudiendo comprobar que las jóvenes y hermosas Ninfas escogieron un rincón paradisíaco como lugar de descanso.
La cueva de Melissani está ubicada al norte de la bahía de Sami (Grecia) en la isla de Cefalonia, con el mar Jónico de fondo y lindando al este con el estrecho de Ithaca. Las localidades más cercanas son Agia Efimia al norte y Karavomylos al sur. La bahía de Sami es famosa por sus cuevas y es lugar predilecto para los amantes del espeleo- buceo, quienes disponen en la región de un buen número de oquedades submarinas en las que observar la abrumadora batalla que mantienen los elementos naturales y el tiempo.

Melissani es de origen kárstico y su peculiar formación natural es similar a los tan significativos y numerosos cenotes del Yucatán de México. Las excavaciones efectuadas en el interior de la cueva en 1962 desveló que, igual que ocurre con los cenotes mexicanos, la caverna griega había sido lugar de culto y veneración por los antiguos minoicos, siendo una prueba de ello la extracción de piezas como lámparas de aceite, diversos platos y algunas figuras votivas con la representación del dios Pan y algunas Ninfas. Se halla protegida por una densa encrucijada de árboles y una tupida y verde alfombra de vegetación. Vista desde las alturas, la cueva de Melissani muestra un espejo de aguas azules y cristalinas por espacio de cien metros, que son mecidas por las corrientes subterráneas que besan con mesura el andamio vegetal de copiosa frondosidad que recubre la roca del pórtico que sirve de entrada y desemboca en el lago Karavomilos.

Consta de dos salas. La primera de ellas deja que la luz caiga a través de una gran abertura,- provocada por los terremotos de 1953 y que derrumbaron el techo-, sobre el agua del lago, como un gran reflector que impregna la estancia de reflejos centelleantes y brillosos matices. La segunda sala es algo más pequeña y quizá no tan espectacular como su antecesora, pero su desarbolada techumbre con forma de bóveda le confiere un aspecto litúrgico y mágico. La cueva de Melissani fue redescubierta en 1951 por Giannis Petrocheilos. Años más tarde se abriría al público y, desde entonces y hasta hoy, la cueva es visitada por muchos turistas que se embarcan en pequeños botes para disfrutar de la belleza del conjunto de cavernas griegas.

El ambiente húmedo y refrescante de la cueva es un alivio y sirve de antídoto contra el sofocante calor del exterior. Al recorrer la cueva, estalactitas y estalagmitas de más de 20.000 años de antigüedad, guían las barcas que surcan las aguas azules del lago interior.
En los meses de julio y agosto el agua del lago interior, a medida que el sol discurre por el firmamento, cambian de color según la intensidad de la luz, y el contraste de claroscuros y sombras, acuña un abanico de haces luminosos que impregnan las paredes con millones de motas de luz, como si las Ninfas de un pasado remoto, quisieran jugar con los reflejos y pintar con ellos notas musicales de cánticos oníricos que les sirva para escapar del olvido en el que quedaron encerradas.

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